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 Benito Pérez Galdós, de conservador a republicano anticlerical 

En ‘Historia Canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos


Ilustración de Alejandra Svriz.

Publicado: 27/07/2025  •  04:30

La obra de Galdós se utiliza para todo. Muchos historiadores citan su obra como si fuera una crónica, aunque lo hacen sin fijarse en el momento personal y político del autor, en su cambiante intencionalidad. Normalmente, se cita para recrear una visión pesimista de España, llena de ocasiones perdidas, frustraciones, e ilusiones tiradas por la borda. Lo que no se suele contar de Galdós es cómo pasó de ser un firme defensor del conservadurismo monárquico a sostener la fórmula republicana y anticlerical, y hacerlo en su contexto. Esto es crucial, porque en el fondo, Galdós no retrata cómo era España, sino cómo era él mismo.



El periplo liberal de Galdós arrancó a mediados de la década de 1860, en el seno del progresismo. Fue en el periódico La Nación, entre 1865 y 1868, donde estampó sus primeras incursiones periodísticas y políticas, coincidiendo con el declive del reinado de Isabel II. Con una mezcla de indignación y asombro, Galdós observó la deriva autoritaria de la reina y de los moderados. El punto de inflexión fue la traumática Noche de San Daniel, el 10 de abril de 1865, cuando la Guardia Veterana, bajo las órdenes del ministro González Bravo, cargó brutalmente contra una manifestación de estudiantes que protestaban contra el Gobierno, dejando más de una decena de muertos. Galdós era por entonces cronista parlamentario y fue testigo del desmoronamiento de la monarquía isabelina, de la ruptura de la conciliación entre los partidos, de la irresponsabilidad de las élites, de la deriva de Isabel II, y de la imposibilidad de encauzar la situación. El episodio del cuartel de San Gil, el 22 de junio de 1866, que fue un levantamiento en Madrid liderado por progresistas y demócratas contra la Reina, y combatido por unionistas y moderados, mostró la enorme división existente y que la vida política estaba en un punto de no retorno. Aquel levantamiento fue sofocado, concluyó trágicamente con el fusilamiento de los sargentos sublevados, pero fue el golpe de gracia para aquel reinado agónico.


Mientras tanto, Galdós arremetía sin piedad contra los moderados, a quienes describía como «momias animadas», «revestidos de esa cómica seriedad que caracteriza a los anticuarios». No se quedaba corto tampoco con la Unión Liberal, a la que veía como una «pléyade presupuestívora». También criticaba a los neocatólicos, cuyo partido definía como «amigo de las tinieblas» que «se aprovecha de las sombrías dudas del alma, del terror, del arrepentimiento para urdir sus tramas arteras».


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En aquellas fechas, hablamos de finales de la década de 1860, el ideario de Galdós era muy simple. Pensaba que el régimen imperante no era más que una farsa, concebida para el exclusivo beneficio de una casta que gobernaba por completo de espaldas a los deseos del pueblo. La única vía, según él, era la construcción de un verdadero Estado liberal regido por los auténticos representantes de la voluntad popular, con el fin de reformar el país desde sus cimientos. La culpa de la situación recaía, para Galdós y la mayoría de sus contemporáneos, en los Borbones. Por ello, recibió con júbilo la revolución de 1868 que los destronó, momento en el que pudo escribir con alivio: «¡Qué familia, santo Dios! En la fisonomía de todos ellos se observaban los más claros caracteres de la degradación. Ni una mirada inteligente, ni un rasgo que exprese la dignidad, la entereza, la energía, el talento.»


En uno de sus cambios políticos, Galdós se alineó con los liberales de orden tras la Revolución de 1868, o quizá fue el perspicaz José Luis Albareda, un hombre conservador, político y editor, quien logró atraerlo a una de sus publicaciones, la prestigiosa La Revista de España. Parece ser que la amistad entre Albareda y Galdós fue profunda, tanto que le confió la dirección de dicha revista y, posteriormente, de El Debate (1871-1872). De esta incursión en el ala más conservadora del liberalismo nos quedan sus novelas La Fontana de Oro (1870) y El audaz (1871), en las que dejaba patente su desconfianza hacia la democracia populista; esa que parece poderlo todo por y para el pueblo, pero que, según su visión, siempre acababa en dictadura y prisionera de los engaños de los enemigos de la libertad.


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Los artículos que Galdós escribió entre 1869 y 1873 criticaban a la «demagogia blanca» del carlismo, que se había levantado de nuevo en armas contra la libertad, y cuya tozudez acabaría afianzando su anticlericalismo. Pero también criticaban que la «demagogia roja», la de esos republicanos que admiraban la Comuna de París, y la de esos comunistas «sedientos de venganza y envidia contra las clases acomodadas, y que aspiran a reformar las condiciones de trabajo y de la propiedad, realizando el ideal de la holgazanería y de la miseria».


Fue entonces cuando comenzó la redacción de los Episodios Nacionales, un retrato magistral de la sociedad de su tiempo. Esta identificación con la idea liberal le valió su elección como diputado «cunero» ya en 1886, justamente por el Partido Liberal, en un distrito de la isla de Puerto Rico que, curiosamente, nunca llegó a visitar. En un giro irónico, esta misma participación en la corrupción sería utilizada por él, al final de su vida, para criticar al propio régimen. Llegó a declarar: «Yo nunca había sentido gran vocación por la política; pero sin esperarlo y por obra y gracia de Ferreras, me encontré de pronto con la investidura de representante de la nación.»


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Los vientos regeneracionistas que soplaron tras el desastre del 98 también alcanzaron a Galdós, quien dio rienda suelta a su anticlericalismo en Electra (1901). El éxito de esta obra fue tal que provocó la caída del gobierno conservador y su reemplazo por el último de Sagasta. Fue entonces cuando retomó con fuerza esa descripción de la oligarquía, en contraposición al pueblo, una línea que ya había explorado en sus novelas La desheredada (1881), Fortunata y Jacinta (1887), Misericordia (1897), y en el mundo gris, absurdo y corrupto de Miau (1888). La solución, afirmó, era una república que transformara el país de arriba abajo. De ahí el tono de su quinta serie de los Episodios Nacionales, la del Sexenio, escrita entre 1907 y 1912, que es muy peculiar porque esconde los fracasos republicanos, y la simpatía que él tenía entonces por Sagasta y Amadeo de Saboya.


En un artículo del 6 de abril de 1907, anunció su ingreso en el republicanismo, asegurando: «Jamás iría yo adonde la política ha venido a ser, no ya un oficio, sino una ‘carrerita’ de las más cómodas, fáciles y lucrativas, constituyendo una clase, o más bien un familión vivaracho y de buen apetito que nos conduce y pastorea como a un dócil rebaño».


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Los republicanos lo llevaron al Congreso en las elecciones de 1907 por Madrid, donde obtuvo un significativo 43% de los votos, casi 17.000. El impulso regeneracionista y la oposición al conservadurismo unieron a liberales, republicanos y demócratas en el Bloque Liberal, del cual Galdós se erigió en uno de sus portavoces, clamando en su «Alocución al pueblo español»: «Ha llegado el momento de que los sordos oigan, de que los distraídos atiendan, de que los mudos hablen (para acabar con) la mayor barbarie política que hemos sufrido desde el aborrecido Fernando VII.»


Esta senda le llevó a ser fundador de la Conjunción Republicano-Socialista de 1909, que presentó en Madrid profetizando que la «fuerza resultante hará retemblar de alegría» al país. Esto le permitió regresar al Congreso en 1910, año en el que estrenó Casandra, un alegato a favor de la «inminente» victoria del pueblo sobre la oligarquía. Todo esto le valió una violenta campaña clerical y conservadora para impedirle la concesión del premio Nobel.La salud, por desgracia, tampoco le acompañó: la ceguera avanzó implacablemente, y abandonó la política en 1916, tras ser elegido diputado por Canarias. No le faltó ironía al declarar, ya en sus últimos días, que al mismo tiempo que «Mis ojos vuelven a ver la luz, renace esplendente en mi espíritu la imagen de la Segunda República española, amaestrada por el tiempo.» Galdós no se equivocó en el análisis de la situación, pero sí en la solución, en ese regeneracionismo demoledor que no trajo nada bueno.



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